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GONZÁLEZ Ángel Luis (ed.), Las pruebas del absoluto según Leibniz, EUNSA, Pamplona 1996, pp. 438.

fascicolo I, volume 7 (1998), pp. 171-174.
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GONZÁLEZ Ángel Luis (ed.), Las pruebas del absoluto según Leibniz, EUNSA, Pamplona 1996, pp. 438.

La expresión “teología racional” puede parecer a muchos una contradicción, algo así como un “hierro de madera”, traduciendo una expresión de Heidegger. Y, sin embargo, innumerables autores la han considerado como una disciplina filosófica de primer orden, precisamente entre aquellas que forman parte de la metafísica. Entre estos autores, encuentra un puesto preeminente sin duda G. W. Leibniz, pionero en dar a esta disciplina el nombre de “teodicea”, es decir, “justificación de Dios”.El libro que comentamos es una reunión de diversos trabajos, realizados en torno a un proyecto común bajo la dirección del prof. Ángel Luis González, catedrático de Metafísica de la Universidad de Navarra. El título resume perfectamente su contenido, ya que se propone mostrar las diferentes pruebas elaboradas por el filósofo de Hannover para llegar, de un modo racional, a la existencia de Dios. A cada una de estas pruebas está dedicado un capítulo: la prueba cosmológica, la de las verdades eternas, la de la armonía preestablecida, la ontológica y el argumento modal.Será el propio prof. González quien, después de la presentación, iniciará la serie de estudios con el ensayo Presupuestos metafísicos del Absoluto creador en Leibniz, trabajo que —como afirma su autor— supone la base del proyecto al que se han sumado los demás. En él se trazan las líneas generales de la conexión entre la teodicea existencial de Leibniz y aquella esencial, en relación con cuestiones como la creación, la libertad de Dios y el principio de razón suficiente. Al hilo de estos temas, se ponen de manifiesto los presupuestos ontológicos de la teología racional leibniciana: la reducción de la esencia a posibilidad lógica y de la existencia a efectividad fáctica, de donde resulta la prioridad de la esencia sobre la existencia, condensada en el principio omne possibile exigit existere. Resultará difícil, con todo, hacer compatible la creación ex nihilo con la preexistencia de los posibles o esencias en la mente de Dios. No en vano algún autor ha calificado esta teodicea de “logodicea”.Al Dr. Andrés Fuertes corresponde el estudio de El argumento cosmológico, que aparece como ejemplo privilegiado de prueba a posteriori, es decir, basada en la experiencia. En un análisis cronológico y contextual de las diversas formulaciones de este argumento, el autor distingue entre las expresiones mecánicas y aquéllas estrictamente metafísicas. Las del primer tipo parten del movimiento, la corporalidad y la materia; las segundas, en cambio —tratadas con mayor atención y extensión por Leibniz—, se fundan sobre la contingencia real de los seres, desde la cual se llega a la existencia del Ser Necesario. A este respecto, Leibniz distinguirá tres tipos de necesidad: metafísica o absoluta, física y moral.El paso de las pruebas mecánicas a las metafísicas supone la aplicación del “principio de razón suficiente”, de capital importancia en el sistema de este filósofo, pues atañe directamente al problema de la existencia: “puesto que algo existe, debe haber una razón de su existencia”. Desde aquí, el Dr. Fuertes subraya con firmeza la “autosuficiencia” de la prueba cosmológica respecto a la ontológica, y realiza una crítica a Kant y a Russell, en sus respectivas interpretaciones de estos argumentos. Russell reduce el argumento cosmológico al ontológico, precisamente por no distinguir el plano ontológico y el noético. Por su parte, para Kant la prueba cosmológica no es completa sin la ontológica, pues sólo a través de esta última puede establecerse el concepto de necesidad absoluta.La demostración leibniciana de la existencia de Dios por las verdades eternas es el título del estudio de la Dra. Mª Socorro Fernández. Esta prueba —de la que la autora individúa hasta dieciocho formulaciones— puede ser enmarcada entre aquéllas a priori, aunque no sea a priori del mismo modo que el argumento ontológico. Otra característica de esta prueba es que se apoya en el principio de razón suficiente: las verdades eternas no tienen en sí mismas la razón de su existencia y, por tanto, ésta debe buscarse en el Ser Supremo. Para Leibniz, las verdades eternas son absolutas y, desde el punto de vista lógico, se identifican con las “verdades de razón”, ya que su verdad consiste en la identidad del predicado con el sujeto; desde el punto de vista metafísico, en cambio, se identifican con los pensamientos mismos de Dios. De una parte, no han sido creadas y —en último término— coinciden con los atributos divinos; de otra, son las mismas esencias de las cosas creadas, aunque en éstas se encuentren limitadas a la existencia concreta.La razón suficiente de las verdades eternas es Dios mismo, ya que el conjunto de todas ellas no es otra cosa que el propio entendimiento divino. De este modo, Dios aparece como la Sabiduría creadora, en la cual tienen su existencia las verdades eternas. Como bien señala la autora, esta Sabiduría se distingue tanto del Dios de la filosofía medieval como del motor inmóvil aristotélico. En el Dios de Leibniz hay una identidad de esencia y existencia, pero entendida como causa sui. En otras palabras, no es ya el Acto puro de ser que no es otra cosa que puro acto de ser, sino la Esencia omniperfecta que se da a sí misma necesariamente la existencia. Al final, el filósofo no se encuentra lejos del panteísmo, aunque se esfuerce por subrayar la distancia entre lo finito creado y el infinito creador.El Dr. José Mª Aguilar dedica su trabajo a El argumento leibniciano de la armonía preestablecida para demostrar la existencia de Dios. Según advierte el propio Leibniz, este argumento puede incluirse entre las pruebas de la existencia de Dios a partir del orden del mundo. Se trata, en frase del autor de este capítulo, de una prueba nueva en la historia de la filosofía, desconocida hasta la obra del filósofo de Hannover; si bien la novedad no estaría tanto en el punto de partida, cuanto en su desarrollo y alcance. Aunque no encontremos ninguna formulación explícita y formal de este argumento en la obra de Leibniz y su propia estructura no esté netamente definida, sin embargo, puede decirse que todas las otras pruebas —a priori y a posteriori— hacen referencia a ésta. Con todo, esta circunstancia dificulta en buena medida la identificación de sus diversas fórmulas, aunque el número de referencias indirectas sea elevado: sólo entre los lugares más o menos explícitos —como señala el autor del estudio— podemos encontrar hasta nueve enunciados diferentes.La cuestión de la armonía preestablecida —que no es otra cosa que el orden impreso por Dios en la creación— repone de alguna manera, en la filosofía moderna, el tema clásico de la finalidad. Por ello, resulta de especial interés considerar la relación entre esta prueba y la quinta vía de Sto. Tomás de Aquino. Ante todo, descubrimos que las concepciones sobre la causalidad son notablemente diferentes en ambos autores. Para el filósofo de Hannover, efectivamente, la causa no es entendida como influjo real en el ser, sino como razón suficiente; de aquí que la finalidad sea comprendida como armonía preestablecida. Es precisamente el carácter de “preestablecida” —es decir, de a priori, universal y necesaria—, propio de la armonía del cosmos, lo que da originalidad a la prueba leibniciana, ya que establece la relación entre la armonía misma y la existencia: existere nihil alium est quam harmonicum esse.Los dos capítulos finales del libro pretenden analizar el “argumento ontológico” según una doble variante del argumento: la estrictamente ontológica y aquélla modal. Entre los dos capítulos, sin embargo, el de Consuelo Martínez Priego muestra una perspectiva más amplia del problema —tanto desde el punto de vista histórico como desde el sistemático—, mientras que el trabajo de Hernández Baqueiro es de carácter más específico y pretende ceñirse a un solo tipo de prueba.En El argumento ontológico de Leibniz, a cargo de la Dra. Consuelo Martínez Priego, se alude a dos modos de entender el Absoluto en Leibniz —no siempre netamente diferenciados—, a partir de los cuales se desarrollan asimismo dos pruebas a priori diferentes: Dios como Ens perfectissimum y Dios como Ens necessarium. Del primero de ellos, parte el argumento ontológico propiamente dicho, que Leibniz llama con frecuencia “argumento cartesiano” y que procede, en último término, del mismo S. Anselmo. El segundo modo de entender el Absoluto da lugar a la llamada “prueba modal”, que es sólo parcialmente distinta de la anterior y de la que se ocupará Hernández Baqueiro en su trabajo.El punto de partida del argumento propiamente ontológico es la idea de “perfección”. Esta idea tiene por contenido una cualidad simple que no implica contradicción: la magnitudo o quantitas realitatis. Se sigue de aquí que la ausencia de contradicción es entendida como “posibilidad”, con lo cual se conecta una categoría “cualitativa” con otra “modal”. Por su parte, la idea de “necesidad” indica lo que no puede no ser posible. Pero, puesto que todo posible exige o tiende a la existencia — omne possibile exigit existere—, entonces, si el Ser necesario es posible, necesariamente existe. El único problema será, pues, saber si ese Ser es posible. La “posibilidad” equivale a la compatibilidad de las perfecciones o ausencia de contradicción interna. Pero la compatibilidad de las perfecciones no es otra cosa que la “esencia” misma. Por tanto, es posible que algo exista en la medida en que sus perfecciones sean compatibles, esto es, en cuanto tenga esencia. La esencia es, por consiguiente, la posibilidad de la existencia o, si se prefiere, la existencia posible. Y de aquí se sigue que el Ser perfectísimo —aquel cuyas perfecciones son, por definición, compatibles en grado máximo— ha de ser posible.El Dr. Alberto Hernández Baqueiro nos muestra, en El argumento modal de Leibniz, las diversas formulaciones de este segundo tipo de argumento a priori. El núcleo de la prueba está constituido por la premisa: “si el Ser necesario es posible, entonces existe”, la cual no es en sí misma objeto de demostración, pues se trata, pretendidamente, de una verdad analítica. El objetivo fundamental de Leibniz será demostrar que el antecedente es verdadero, de modo que también lo sea el consecuente. Para ello, su procedimiento será, en general, una reducción al absurdo, esto es, llegar a una contradicción a partir de “el Ser necesario no es posible”.La validez de este razonamiento depende, ante todo, de cómo sean entendidos los términos “posibilidad” y “necesidad”. Respecto al primero, nos encontramos con dos acepciones. De una parte, “posible” significa la pensabilidad del objeto, la cual depende de la coherencia interna de sus atributos; de otra parte, equivale a tener razón de ser, esto es, esencia. La esencia tiene ya una cierta realidad, al margen de la existencia, de la cual es razón necesaria, pero no suficiente. Por tanto, en la posibilidad hay ya —como apuntamos más arriba— una cierta “cantidad de realidad”, incluso si no tiene existencia. Lo único que le hace falta a lo posible para existir —además de ser internamente coherente, que es la “posibilidad lógica”— es ser “composible” con los otros posibles. La “composibilidad” implica así un orden que no es meramente lógico, sino metafísico, a saber: la “posibilidad real”. En consecuencia, la composibilidad de los posibles supone un factor externo a los posibles mismos —el concurso divino— que permite que éstos se encuentren en la existencia.Como puede observarse, en lo que toca al menos al argumento ontológico, Leibniz ha realizado una doble reducción: de la existencia a la cualidad —entendida como perfección— y de la cualidad a la modalidad. De modo conclusivo, empleando las palabras del prof. Ángel Luis González, podemos decir que «la doctrina leibniciana sobre la creación, independientemente de las posibles o reales incoherencias en que incurra a la hora de exponerla, es consecuencia de los presupuestos metafísicos subyacentes». JOSÉ ANGEL LOMBO